Un día en tu presencia, y me llenaste de gozo y libertad, esa libertad que solo puede venir de ti, mi Señor y salvador.
Donde está el espíritu de Dios hay libertad, para adorar, alabar, levantar nuestras manos y humillarnos ante su presencia; poder entrar en el lugar santísimo con un corazón puro y unas manos limpias, que nuestra conciencia no pueda condenarnos de nada.
Somos libres por que Cristo nos dio libertad de espíritu, calmo nuestros miedos y ansiedades, Él es mi libertador. Caminar con Jesús, poner nuestros pies en sus pisadas, nos da la seguridad de que su sombra nos cubre, que su Santo Espíritu nos llena y nos hace andar en nuestras alturas, dándonos una seguridad que nunca antes hemos tenido, pues fuera de Cristo solo somos esclavos de nuestro ego, orgullo y unas cuantas cosas más, que están en nosotros, el pecado. Más en la infinita gracia de Dios que nos llamó, nos escogió; aun siendo indignos de su gracia, Jesús nos da gracia sobre gracia y esa libertad que a través del espíritu nos lleva a una vida que busca agradar a Dios, queremos ser olor agradable, ser incienso que adore, pan fresco de cada mañana, el candelero que alumbre de día y de noche, ofrenda de paz, de acción de gracias.
Mi Cristo, me haces libre, esa libertad que proviene de tu espíritu al mío y me da la seguridad de que tuyas son las victorias en mi vida, mis batallas y circunstancias, tú las vences y me vuelves hacer libre, quitas las cadenas que me atan a mis pensamientos y mis angustias. Andar en tu libertad, es sujetarnos por amor a tu voluntad y lo que tu mi Señor quieres para mi vida y me sujeto utilizando la libertad que me has dado, para decir una y otra vez que soy tu sierva, que lo que mi alma anhela es estar ligada a ti mi Señor Jesús, que tu Santo Espíritu me guíe y me guarde; que me cubras bajo tus alas, quiero estar bajo la sombra del Altísimo; en mi libertad quiero estar rendida a mi Dios y mi Señor.
Un espíritu libre guiado por Dios, rendido al autor y consumador de la fe, a Jesucristo. El verbo se hizo carne y habito entre nosotros, Él venció a la muerte y resucito al tercer día, nos dio su Santo Espíritu que llega a nosotros como un viento recio, que rompe cadenas y desata ataduras, dándonos la libertad que tanto buscamos, haciéndonos hombres y mujeres que buscan al Señor que los libero, para honrarlo y ser sus siervos, ser instrumentos escogidos en sus manos. Somos llamados, somos escogidos y libremente somos fieles, a aquel nos llamó a Jesucristo Rey y Señor.
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