Camino de Emaús

Nuestro camino de Emaús refleja nuestra huida de la verdad cuando, según nuestro entendimiento, las promesas de Dios no se cumplen en nuestras vidas. Bajamos la cabeza, nos lamentamos y nuestros ojos espirituales se cierran.

Jesús habló de resurrección y fue claro al respecto de esto con todos, especialmente con sus discípulos y seguidores. En Lucas 24:13-35, encontramos a dos de ellos alejándose de Jerusalén, caminando tristes, Jesús salió a su encuentro y ello empezaron a contarle lo que había sucedido en aquellos días en Jerusalén. Su relato era derrotista, triste, sin esperanza; no tenían certeza de quién era Cristo y hablaban de él como un profeta. ¿Dónde estaba su fe? Solo unos días antes habían sido contados como seguidores y discípulos, pero en poco más de tres días se apagó ese fuego que los había mantenido expectantes para ver si ese libertador de Israel redimiría a su pueblo. Esperaban una resurrección en la que todo el mundo viera ese poder y exaltación que Israel esperaba de un Rey de los judíos que exterminara a los opresores de su pueblo, una resurrección con un ejército poderoso.

¿Acaso no es eso lo que esperamos nosotros ahora mismo? ¿Que el Señor cumpla sus promesas con mano de hierro, que castigue a los malos y corruptos de este mundo, al igual que Jonás esperaba un exterminio de Nínive?

Caminamos hacia nuestra ciudad refugio, alejándonos del peligro que podría suponer para nosotros nuestra Jerusalén, donde hemos crucificado al Señor con nuestra arrogancia y falta de fe. Caminamos en retroceso porque no hemos entendido el mensaje del evangelio, ese evangelio de las bienaventuranzas, el evangelio del servicio, el evangelio de los pobres.

Como aquellos que caminaban hacia Emaús, cegados, sin reconocer al Señor y Salvador, de quien hemos oído, pero ¿realmente le hemos creído? Cleofás y su acompañante no reconocieron que el mismo Jesucristo iba con ellos en el camino, quien les estaba abriendo las escrituras, y sus corazones ardían cuando el Señor les hablaba.

A cada uno de nosotros el Señor también nos acompaña en nuestro camino, nos abre las escrituras, y nuestros corazones también arden ante la preciosa palabra del Señor. ¿A qué esperamos para reconocerle? Quizás a que parta el pan delante de nosotros, que nos vuelva a dar de su cuerpo y de su sangre. Abramos nuestros ojos y despertemos de nuestro conformismo y apatía, de nuestra tristeza al esperar las promesas del Señor, de nuestro victimismo: “Señor, llevo tanto sirviéndote y sigo sin que me escuches” “Señor, no tengo victoria, estoy derrotado y sediento”.

Abramos nuestros corazones, nuestro espíritu, nuestra mente y volvamos a Jerusalén gozosos.

!Cristo ha resucitado! nos ha vuelto a abrir los ojos cegados por nuestro desánimo y, en algunos momentos falta de fe.

«El Señor nos trae la victoria, somos más que vencedores»

Busquemos a nuestros hermanos al igual que Cleofás y su compañero, quienes regresaron llenos de gozo y hablaron animosamente de cómo habían tenido un encuentro con Cristo, cómo habían caminado con él.

Reconozcamos a Cristo en nuestro caminar y animemos a los hermanos, a los que dudan, a los de poco ánimo, a los tristes.                           

«Cristo nos lleva de victoria en victoria»

Una respuesta a “Camino de Emaús”

  1. Hola Rosi, como siempre muy buena reflexión. 👏🏻🙌🏻❤️

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